Un cuento drag sin final feliz

He sido dragqueen casi tres años, más o menos, supongo que en este tiempo he conseguido algo de prestigio y reconocimiento. He revisado un documento médico El Proyecto para la Provisión y Cuidado Integral para Hombres en Latinoamérica y el Caribe (2012), donde además de constatar de una forma más oficial la discriminación, enfermedades y riesgos a los que los homosexuales y personas trans se ven expuestos como depresión, ansiedad, conductas suicidas, por la incongruencia con su apariencia corporal.

Yo nunca he tenido alguno de esos síntomas sin embargo incursioné en este arte de una forma experimental, hasta hace unos meses en los que sentí mucha presión y malestar. Lo peor de todo, es que he tenido que inventar escusas más o menos lógicas para que gente cercana entienda mi decisión de separarme de forma temporal o definitiva del drag.

Quisiera explicar a todos los lectores lo que significa ser drag para mí y porque existe un escepticismo en mi círculo de amigos, cuando digo que no seré más una dragqueen. Antes de comentar esta controversial definición, advierto entrevistar a Pablo Gallegos o Daniel Moreno, dos exponentes del drag en Ecuador, que tienen definiciones mucho más políticamente correctas en la punta de la lengua.

En este punto, examino mi vida y no es políticamente correcta, así que mencionaré una definición del drag concebida desde mi experiencia. Esta surgió en una conversación con mi querida amiga Dakira, en medio de la Marcha de las Putas, aquí va: “El drag es como un ser limítrofe que se encuentra flotando entre una identidad de loca viuda y una travesti”. Me gusta mucho esta definición por las cosas que he vivido en estos tres años y porque esta actividad artística se encuentra parcialmente desvinculada de los cánones artísticos, se halla en un ámbito empírico. Yo encuentro esto bueno y malo.

Por una parte se obtienen herramientas más vivenciales que pueden ser mucho más potenciales en cuanto a la construcción de un yo-drag, pero por otro lado te dejan desnudo ante un público, generalmente homosexual, con todos los prejuicios que ello comprende. Ahora después de casi tres años, mi personaje (supuestamente) ha alcanzado algo de madures y ha colaborado en otros proyectos como Plataforma de Maricas Híbridas, dirigido por Lilith, Lara Producciones, un grupo de teatro drag venezolano, Pacha Queer, Hermanas 4D. Sucede que después de meterme de lleno por casi un mes consecutivo de transformismo en mi cuerpo, por el mes GLBTI y mi graduación de comunicación en la UCE entre otras cosas, el drag absorbió la mayoría de mi tiempo y sentí un malestar corporal que se trasladó a un malestar de mí-mismo. Supongo que algo sucedió ¿pero qué fue?

Existen personificaciones drag que logran por medio de este arte encontrar su verdadera identidad y existimos otras personificaciones que quedamos expulsadas de todo lo que significa el ambiente o el mundo homosexual. En mi caso este tipo de experiencias posibilitó una reflexión interna, una sensación similar a un corazón roto después de haberme convertido en lo que Itzar Ziga, denominó una criatura de asfalto, una perra de la ciudad, en un ambiente donde los cuerpos diversos siguen siendo abyectos.

Entonces pienso: “esta expulsión finalmente fue voluntaria y necesaria con la intención de encontrar un poco de silencio en mi cuerpo”. El lector tiene toda la autoridad de tildarme de débil o de valiente, pero esta regresión en mi caso es descrita con un “no sé qué sucedió…”

Conozco varias personas que han decidido volver a su género inicial después de transitar en otro género. Es bastante lamentable cuando personas transgénero o transexuales deciden volver a ser hombres o mujeres, después de modificaciones quirúrgicas y hormonales, en mi opinión todas las personas trans deberían tener algún tipo de orientación psicológica gratuita por parte del gobierno, después de todo seguimos siendo ciudadanos. Esta es la opinión de una persona diversa para otras personas diversas en un mundo coercitivo para los que somos diferentes.

Foto de portada: Miguel Angel Caicedo, Times Photography

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El acto de ser follado

Pasaban muchas cosas por su cabeza, se sentía terrible pero también había conocido el arte de odiarse a sí mismo a medida que lo rechazaban. Sabía que era algo muy punitivo para su cuerpo y para su salud mental, pero estaba bien así. Prefirió seguir destruyéndose de forma silenciosa, primero por dentro. Sentía como se resquebrajaba en una línea recta, primero desde el interior hasta el exterior, nadie notaba nada, no había ruido, todo era silencio o ¿Tal vez no?

Sabía que podía buscar algo dentro de sí, una pequeña posibilidad de estar cerca de su forma más pura, de retornar, pero esta oportunidad se esfumaba conforme crecían sus responsabilidades y su conocimiento sobre el mundo. Por el contrario sus cicatrices mal cocidas se expandían poco a poco y quedaban abiertas como flores en primavera.

El acto de ser follado no es tan trivial como parece, él sabía que follar y ser follado eran cosas distintas, sin embargo no prestaba atención a esta importante diferencia después de todo sabía que sus emociones más perversas eran las que lo arrastraban a un océano de odio y de semen, mezclados saliva, sangre y heces fecales. El acto de ser follado era un acto doloroso porque desde el primer momento lo fue, y las situaciones subsiguientes serían una memoria de la primera.

Todo en su vida había sido una asquerosa equivocación. Comencemos por su enorme cara, era un gran globo de helio semejante a un holograma chino, con una sonrisa falsa, siempre alza, mejor hubiera canalizado bien sus emociones para buscar cosas dentro de sí que solo él las sentía propias, que solo él entendía. Rápidamente perdió el sentido de todo, ahora todo era nada. Su cuerpo era un bloque monolítico muy robusto, con piernas regordetas y abdomen abultado, sentía que su grotesca figura lo alejaba del mundo. La primera vez que vio Abaporu de Tarcila Amaral, se sintió tan identificado. Grotesco, con mucho color en la cara, con demasiada carne para su poca estatura, una sonrisa con dientes gigantes, una nariz ancha como un monolito del Lazón.

Muchas cosas estaban mal dentro y fuera de él. Pero el acto de ser follado, el acto de romper su espíritu, rompió también los secretos que había en él. Además de llenarse de culpa, salpicada en la cara con gotas densas, blanquecinas, lechosas, se mostró para siempre en una oscura alcoba donde todos los gritos se ahogaban, un cuarto lleno de espejos, en el barrio del placer.

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Para amar existen muchas recetas, para ser violado y para ser puta, no. Para que no duela y la herida sane, en necesario, seguir abriendo el surco de manera que la tierra y las lágrimas cicatricen y conformen una costra para que la sangre merme. El acto de ser violado, busca dentro de sí algo que no existe… Pero ese era su problema si seguía algún camino o desaparecía de él, a veces no entiendo por qué se quejaba tanto, todos pasamos por episodios traumáticos en nuestras vidas y no andamos tristes todo el tiempo, ese hombre debe madurar. Supongo que el hedor a semen no se le quita con una simple ducha, pero con el tiempo tal vez huela a jazmín.

Me contó que enciende una pequeña lámpara en su recto, para no tener miedo al pecado. Así dormía tranquilo, hasta que soñaba y la lámpara se apagaba. Siempre era la misma imagen, el buscaba como la loca que era, la cura, la verga, la salida… todo como si fuera una sola cosa, siempre buscando con desesperación, mientras los gritos ahogados y la energía de la concentración en su objeto lo volvían ciego.

Yo le escuché decir antes de golpear la próxima puerta: “hoy me llamaron para rezar, yo dije que  no soy muy creyente, ¡ha! pero tampoco sirvo para puta, no me gusta que me metan duro y tampoco se me para con todo el mundo, soy un caso especial, un desastre especial”.